Liceo de niñas

de Nona Fernández

Reseña:

 

Durante una marcha estudiantil en 2015, un profesor de física se esconde en el laboratorio de ciencias de un liceo de niñas para ocultar una crisis de pánico. Desde los subterráneos del edificio, una voz le pide ayuda. Se trata de una mujer de cuarenta y cinco años, vestida de jumper desde una toma del año 1985, que —junto a un grupo de compañeras— no sabe que está detenida en el tiempo. 
Estrellas y tomas estudiantiles. Agujeros negros, viajes espaciales, clases de astronomía. Las leyes de la física y las miserias de la delación. La relatividad del tiempo y otras cosas que sin educación de calidad no podemos entender. 

Libro físico disponible en https://www.libreriadelgam.cl/libro/liceo-de-ninas_81770

 

 

 

El texto a continuación es un extracto de la obra 

Obra protegida por derecho de autor.

Monólogos del Joven Envejecido (Alfa Centauro)

 

 

 

Pegaso 51

 

 

Como perdido en medio del espacio exterior, el Joven envejecido se ilumina en la completa oscuridad. Parece preparado para dar una clase. La cicatriz de un balazo aún en su frente. 

 

Joven envejecido: Pegaso 51 fue el primero que me lo propuso. “Alfa Centauro”, me dijo. “¿Por qué no te metís a las milicias?” Y yo, que en ese tiempo no estaba muy convencido, le dije que no. Que prefería seguir dando la pelea en el liceo con los compañeros secundarios, que en realidad, la dura… me daba miedo. “Ahora te da miedo, Alfa, pero tarde o temprano te vai a unir a nosotros. No basta con las tomas, no basta con las marchas. Hay que irse a las armas, no nos dan otra salida.” Así me dijo. 

A Pegaso 51 lo habían echado del liceo y ningún colegio quiso recibirlo. Es que tenía ficha de cabro chico subversivo porque había sido dirigente estudiantil y había caído varias veces preso. Es que Pegaso de chiquitito optó por una lucha más radical. Por eso andaba fondeado. Por eso ocupaba un revólver chico. 

 

El Joven envejecido muestra un revólver chico que saca de su bolsillo.

 

Joven envejecido: Un arma penca, como ésta, un “matagatos”, para protegerse, así decía. (Lo guarda) Por eso también una noche, ahí en la Villa Francia, con su hermano y cuatro compañeros más, se les ocurrió asaltar la panadería de la 5 de Abril con Las Rejas. Es que había que financiar las milicias, porque las milicias, como todo en la vida, hay que financiarlas con algo, no se financian solas. 

Y así partió Pegaso, su hermano y sus compañeros, caminando por la calle a la panadería, cuando un furgón de carabineros apareció detrás de ellos y alumbró a Pegaso con los focos. Fueron dos segundos no más que él estuvo ahí, en medio de la luz, quieto, pensando qué cresta hacer. “Mierda, por la re conchadetumadre, todavía no asaltamos nada y ya nos cacharon”, se debe haber dicho a sí mismo. 

El grupo se dispersó. Pegaso y su hermano, sin cachar que los seguían, entraron a un pasaje y se encontraron a los pacos ahí, de rompe y raja. Por un lado un paco en un furgón. Por el otro, los otros pacos a pata. Y Pegaso y su hermano en medio. Todos se miraron. Todos se observaron por un minuto. Paco. Miliciano. Miliciano. Paco. 

Si la cosa hubiera sido civilizada, Pegaso podría haber dicho, “chiquillos, qué onda, por qué nos persiguen si sólo íbamos caminando por la calle”. Pero la cosa hace rato que ya no era civilizada para nadie. El jefe de los pacos, un hombre grande, macizo, con pinta siniestra que lo miraba con ojos cuáticos, era un subteniente de la Comisaría Alessandri que hace rato los tenía cachados. Había allanado su casa en la Villa Francia, perseguía a su familia, hostigaba a sus padres, lo único que quería era agarrarlo, así es que el diálogo, esa noche, Pegaso lo supo, no iba a ser posible.  

Según los pacos, lo que vino fue un enfrentamiento. Todos dispararon a matar. Puj… Puj… Un carabinero recibe un balazo en el pecho y cae al suelo. Pero es de una pistola Taurus, de las que usan sus colegas. Puj… Puj… Pegaso recibe una bala en la espalda y también cae al suelo. Puj… Puj… El hermano de Pegaso recibe otro disparo, pero este es más serio, es en el corazón. “Chuta”, piensa Pegaso. “Esta no era la idea, en la casa me van a sacar la cresta”. Pegaso se arrastra, quiere abrazar a su hermano, saber si todavía respira, pero un carabinero se lo impide con un golpe de fusil en la cara. “Qué te pasa, paco culiao, es mi hermano, quiero puro ver cómo está”. Sin escucharlo, los carabineros lo esposan y entre los tres lo toman del pelo, de las piernas y lo suben al furgón. 

El resto de los compañeros miran escondidos desde lejos, sin imaginar lo que pasa adentro. No saben que Pegaso está ahí. No saben que lo tienen en el suelo, aplastado bajo los bototos de un paco. No saben que uno de los carabineros le descerraja un tiro en la nuca.  Puj… No saben que sacan el cadáver del furgón y lo tiran en el suelo, junto al cuerpo de su hermano. No saben. 

Ahí quedaron los dos hermanos.

Pegaso tenía 18 años y no pudo terminar nunca el liceo.

Suena el timbre del cambio de módulo.

 

 


 

Zeta Neptuno

 

Como perdido en el espacio exterior, el Joven envejecido se ilumina en la completa oscuridad. La cicatriz de un balazo aún en su frente. Lleva una carta entre sus manos. El papel es una hoja cuadriculada, vieja y deteriorada. El Joven envejecido lee. Quizá lo hace a sus compañeros, como si estuviera en medio de un funeral.

 

Joven envejecido: Cuando por primera vez fui a una marcha, vi cómo los carabineros nos pateaban por pedir las cosas que a nosotros nos parecían justas. Todos corrían, parecíamos ratones, no teníamos cómo defendernos. Ahí entendí que todo lo malo que veía desde chico, era por el interés que tiene un grupo de personas de estrujar al resto y que ese grupo se apoya en la violencia para seguir manteniendo las cosas igual. Ahí también entendí que contra eso era muy difícil reclamar o intentar un diálogo, porque lo único que se recibe de vuelta son golpes.

 

No nos gusta la violencia. Es la brutalidad del sistema la que no nos deja otra salida. Ellos nos condenaron a un orden que no es bueno para todos sino sólo para algunos. Somos jóvenes, valoramos la vida, y peleamos por un futuro mejor para todos. Por ese amor es que empuñamos las armas y no tenemos miedo a morir.

 

El Joven envejecido deja de leer.

 

Joven envejecido: Zeta Neptuno era inspirado y le gustaba escribir. Esta carta me la pasó para que la publicáramos en el boletín del liceo. Yo no le hice nada, sólo le agregué un par de comas, pero todo lo demás es de él. “Alfa Centauro”, me dijo, “no me cambies nada”, y yo le di mi palabra. 

 

Zeta Neptuno era compañero del Aplicación. Dos semanas después de escribir esto murió en un tiroteo en Pudahuel. Su cuerpo tenía dos impactos de bala, una de un fusil SIG y otra de una sub ametralladora UZI. 

 

No alcanzó a ver su carta publicada. 

 

Suena el timbre indicando el cambio de módulo.



 

Un Hoyo Negro

 

Como perdido en el espacio exterior, el Joven envejecido se encuentra iluminado en la completa oscuridad. La huella de un balazo fresco aún en su frente. 

 

El Joven envejecido: Alfa Centauro, o sea yo, cayó detenido por haber matado a un carabinero en la toma de un liceo. Lo hizo con un “·matagatos”, un arma rasca, que usaba para defenderse y para defender a sus compañeros. A Alfa Centauro, o sea yo, lo encerraron en una pieza oscura, aislado del mundo, completamente incomunicado. Un cuartucho de dos por dos donde se veía poco, donde no se escuchaba nada, y donde no supo ni de su mamá ni de sus amigos. Cada tanto rato se abría la puerta y lo sacaban para llevarlo a otra pieza donde lo sentaban en una silla y le hacían preguntas. Le preguntaban por sus compañeros de milicia, por sus compañeros secundarios, por su familia. Le preguntaban y le aforraban. Y le volvían a preguntar y le volvía a aforrar. Y le seguían preguntando y le seguían aforrando. Pero Alfa Centauro, o sea yo, nunca, escúchenme bien, “nunca”, se transformó en un cerdo, traidor, asqueroso. Alfa Centauro, o sea yo, nunca entregó a nadie. 

 

Y así Alfa Centauro, o sea yo, después de cada interrogatorio volvía hecho un estropajo a su pieza oscura. Encerrado ahí pasó días, o años, no lo sé. El tiempo es relativo. El encierro es un hoyo negro que todo lo chupa, los minutos, los recuerdos, hasta los sueños. Alfa Centauro, o sea yo, en esa pieza oscura donde estuve o estoy, tenía un sueño que se le repetía. Ahí soñaba con la última clase que tuvo en el liceo. 


 

El Joven envejecido mira el afiche de Yuri Gagarin pegado en la pared del laboratorio. Se acerca.

 

El profesor habló del programa espacial soviético que envió al primer hombre al espacio. El 12 de abril de 1961 el Mayor Yuri Gagarin se convirtió en el primer cosmonauta que viajó al espacio exterior en su nave, la Vostok 1. Alfa Centauro, o sea yo, soñaba o sueño, que soy el Mayor Gagarin. Alfa Centauro, o sea yo, soñaba o sueño, que estoy ahí, encerrado en la Vostok 1, mirando por una pequeña escotilla la oscuridad del Universo. Lo que se veía o ve desde ahí es innombrable. Las estrellas están al alcance de la mano, más cerca de lo que se puede imaginar. Pegaso 51, Gama Casiopea, Zeta Neptuno, Omega 21, Épsilon Sagitarius, Andrómeda Beta. El Mayor Yuri Gagarin, o sea Alfa Centauro, o sea yo, encerrado en su nave, exento de gravedad, podía flotar entre sus cuatro paredes, caminar por el techo, saltar y sobrevolar cada esquina de su encierro. En el espacio el cuerpo es liviano, no se siente hambre ni frío. Tampoco se siente miedo. Tampoco se extraña a nadie. En el sueño que sueño, el Mayor Yuri Gagarin, o sea Alfa Centauro, o sea yo, tomaba o tomo la radio para comunicarme con el Control en Tierra e informar que todo está bien, que desde aquí las cosas se ven con claridad, y que tal como quedó registrado en la Historia, desde el espacio exterior la Tierra se ve azul y no se escucha la voz de ningún Dios.  

 

¿Aló?, aquí el Mayor Yuri Gagarin, o sea Alfa Centauro, o sea yo, comunicándose con el planeta Tierra. ¿Aló? ¿Control? Tengo una información importante que entregar. ¿Aló? ¿Control? ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien me escucha? ¿Alguien me escucha? ¿Alguien me escucha?

 

Suena el timbre del fin de módulo. 

Ficha artística del montaje

 

Liceo de niñas se estrenó el 23 de octubre del año 2015 en el Teatro UC. 

Elenco: Juan Pablo Fuentes, Francisco Medina, Carmina Riego, Roxana Naranjo y Nona Fernández
Diseño escenográfico y de vestuario: Catalina Devia
Iluminación: Andrés Poirot
Música: José Miguel Miranda
Realización: Rodrigo Iturra
Peinados: Rodrigo Cuevas
Fotografías: Maglio Pérez
Producción: Francisca Babul
Prensa: Rodrigo Alvarado
Obra financiada con el aporte de FONDART 2015

https://teatrouc.uc.cl/programacion/temporada-2015/45-liceo-de-ninas

Para contactar a la autora, escríbenos.

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